lunes 30 de junio de 2008

Cláusulas amatorias


"Cuando tú me tocas, ocurre algo parecido: una herida se cierra, un relato inconcluso se completa, un fragmento encuentra su sitio en la totalidad."

***

"Tú y yo somos reales cuando estamos juntos, en contra de los convenios generales. Si abandonáramos la clandestinidad para convertirnos en una convención más, dejaríamos de serlo".

Juan José Millás - Laura y Julio



Foto: © David Zellaby

viernes 27 de junio de 2008

Té para tres


Un latido, un homenaje;
fruto al Sur de la existencia:
gran festejo monocorde.

Así nos hablaste por primera vez.
Continúa haciéndolo,
el buen uso de la retórica ya te sienta bien.

Arrimados a la orilla de los destinos
abreviamos el instante en júbilo.
El latido (tuyo) que habla y escribe.

Los colores ríen apelmazados al ritmo,
a tu enfática visita.
Desde aquí sellaremos el compromiso.
Nos mueve la frágil excitación
de tu casa de aguas.

Creo que te leeré a Borges con sus calesitas elípticas,
y nos regalaremos el tiempo.

Pronto las palabras de tus piernas cantarán.
Uno es un número pronunciado en tres partes...

miércoles 25 de junio de 2008

Un universo llamado Aira


Un sogno è un ricettacolo di verità esoteriche, di segreti preziosi: rimane affascinante fintanto conserviamo la sua aura di mistero.
Federico Fellini


Acercarse a un libro de César Aira sin tomar las precauciones necesarias puede resultar en dos esquinas extremas muy demarcadas: La fascinación y la idolatría por un lado o la decepción, el asombro y el aborrecimiento por el otro. No hay medias tintas para el lector de Aira, si esa clasificación pudiera llegar a existir.

Considerada una de las voces más importantes de la literatura argentina contemporánea, su trabajo es tan prolífico como desconocido. Publica con una facilidad prodigiosa, al igual que un chef en el manejo de las sartenes a la hora del apetito. Tan solo en 2007 fueron editados: Pequeño manual de procedimientos; La vida nueva; Picasso y Las conversaciones.

Sigo creyendo que la mejor manera de aproximarse a su obra por primera vez amerite una señal de advertencia, como esas que suelen pegarse en las cajas de cigarrillos. No porque la obra de Aira sea nociva para la salud, pero si porque desestabiliza todo esquema previo; ya sea que estemos hablando de las expectativas del lector y su experiencia como tal y la de sus colegas escritores y sus formas de narrar.

Para explicarlo con una imagen, la narrativa de Aira es como una pelota de goma en un cuarto estrecho sin ventanas: las posibilidades de rebote son amplias e impredecibles. Mi primera experiencia fue Embalse que fue escrita en 1987 pero publicada en 1992. Dejarse llevar por la descripción de la tapa sólo puede empeorar las cosas. En principio porque las primeras cien páginas dicen todo lo contrario. Hay frases bien acicaladas; notas de un paisaje rural de calma infinita; la vida de un pueblo y el punto de vista del personaje-narrador que se separa de la metrópolis y señala con facilidad el contraste. El ruido o su metamorfosis orgánica no escapa a sus comentarios:

"Los ruidos de la noche subían discretamente a la montaña por sus caminos preferidos. Salvo la conversación de los loritos, que habría resultado incongruente a esa hora, todos los demás eran posibles. La curva de la ruta que abrazaba la montaña se llevaba rápido el susurro de un auto, y en el vacío subsiguiente crecía el zumbido de millones de chicharras u otros insectos equivalentes. Este zumbido se confundía con el del silencio mismo."

Cinco capítulos de prosa refinada, de monólogo interior y de pequeñas acciones que se adhieren al ritmo del embalse; zona apacible de sierras donde la actividad es mínima y las siestas muchas. De repente, como si nada de lo anterior existiera, comienza una nueva historia donde hay gallinas mutantes, transexuales, futbolistas hinchados por sustancias prohibidas (profético en su conjetura) y radioactividad, y un final que ni el más detallista de los críticos hubiera podido calcular. La lógica de esos personajes que hasta ese punto eran corolarios de una rutina, se trastoca. De figuras accesorias pasan a ocupar lugar protagónico y desequilibran la quietud citada periódicamente. Si uno suspende la lectura por unos días justo en ese vértice, puede llegar a creer que ha tomado el libro equivocado o que el calor alteró el contenido de las páginas. Leer Embalse es como sentarse a ver una película de Sidney Lumet y repentinamente, sin cambiar de canal, pasar a una cinta de Ed Wood con sus guiones bizarros, y la incredulidad como meta de todo espectador.

A propósito de la más reciente novela de Aira: Las aventuras de Barbaverde, editada por Mondadori, Pablo Gianera escribió para LA NACIÓN:

"[...] Pocas veces la imaginación de Aira fue tan profusa y rocambolesca (para usar el adjetivo con el que el autor califica los artículos de Sabor) como en estas cuatro novelas, o única novela en cuatro partes. [...] La historia no es para Aira el ordenamiento de los hechos (en verdad no hay en esta novela "hechos" en sentido estricto) sino más bien el despliegue de una simultaneidad, la simultaneidad ciega de la imaginación."

Para concluir que:

"El problema por excelencia de Aira es la verosimilitud. La solución que encontró es la más difícil de todas, una que podría parecer casi imposible: inventó un "verosímil Aira", sostenido por su figura de autor, que justifica y subsume las inverosimilitudes. [...] esa imaginación ocupa casi todo el espacio. Su cabeza pende en suspenso sobre las nuestras. Y nos mira."

Advertencia: Por favor ajustarse el cinturón de seguridad, Está a un paso de ingresar a la dimensión Aira.



Fotos: 1. © Robin Keefe / 2. © Simon Pais-Thomas/ 3. © Álvaro García - EL PAÍS

sábado 21 de junio de 2008

Música de fondo


Para Mónica Gutiérrez

Bop del bueno desde los altoparlantes. Echa el cuaderno a un lado y establece una pausa para besar la taza de café y despojarle un sorbo. Esta consciente de las presiones que implica llevar adelante esos párrafos. No sé si consista en una tesis de crianza o de astros, ese magullarse los dedos y llorarle encima la culpa a otros; sumándole un peso a su imposibilidad que en realidad no existe: ni el peso ni la imposibilidad.

Las voces melódicas de la Holiday y la Fitzgerald se alternan y se religan con la lluvia reparadora que esconde lo mejor de la primavera para otras tardes. Está en una calle con un pasado bien documentado. “The lady is a tramp” emociona a los comensales; nadie exterioriza la euforia, pero la piel no es tan catatónica como algunos piensan. En el último minuto la voz se exalta y se adueña del fraseo ¿Se le aparecerá Dexter Gordon o algún otro como leía en una novela hace poco?

Y es que la lluvia, esta calle con mucho de siglo XIX y primera mitad del XX, la partitura hecha novela y ese ademán suyo de reinterpretar el tiempo, crean una mezcla atómica, volátil. Cualquier cosa podría suceder; cualquier ventana de alguna dimensión paralela revirtiendo su curso y dejando pasar un hilo de luz nueva.

Se impuso escribir lo que estuviera a su alcance. Se quedaría allí sentado hasta el cierre, aunque ya sabe que en poco más de una hora debe enfilar hacia su trabajo. El 2008 le presentó una página distinta en esta ciudad ¿estaremos llegando a las últimas? ¿Estará por agotársele el ciclo neoyorkino? Quizás.

Por eso el detalle, entonces, de entender que no está todo decidido. Solía sucederle en sus viajes que los mejores días, los encuentros cruciales se daban en las últimas 48 horas. Fueron posiblemente pruebas para ver que tan capaz y valiente era para contrarrestar lo impuesto, lo acordado: las fechas impresas.

Recuerda Milano, Malpensa, puerta de embarque. Año 2003. Las veces que se preguntó a voz inaudible si era preciso dar la vuelta y cerrar aquel invento mal logrado de una vida en inglés, un paladar sometido a las frituras anglosajonas y una cultura del miedo hasta con el vecino. No fue así.

En ese viaje resucitó, literalmente. Sanó de una gastritis infecunda prolongada inútilmente por el verticalismo de la medicina regida por pólizas y laboratorios, por los temores infundados de cada ser de bata blanca que, por sólo permitirse el uniforme, creen tener el derecho de conceder tajos psicológicos en la autoestima de quienes acuden a ellos.

Su pie izquierdo tiene vida y oídos propios; se apega al tempo de las notas de Jazz, único hilo musical del lugar. ¿Cuál es el estado de ánimo del Jazz?, parece decir su mirada. A él le va de maravilla en las horas lluviosas, mientras escribe y contempla. ¿Sería esa la música que escuchaban los seres de Hopper? Habría que superar la impermeabilidad del lienzo, que los esteriliza de las miradas, y meterse en esos segundos quiméricos a la Hopper.

Si estuviera parado allí enfrente dibujaría el ventanal, la columna dórica que flanquea la puerta; el interior de roble macizo, la taza consumada, la Pellegrino a medio pedir, el cuaderno abierto como una par de buenas piernas, el codo derecho sobre la mesa que prolonga su mano y le sirve de apoyo a su mentón que mira a través de ese entidad cristalina la cabeza de un caballo de piedra que adorna el edificio de la 129 de Charles Street.


© 2008, Cristian Piazza

Fotos: 1. © Cristian Piazza / 2. © Rickz / 3. © Alain Bachellier

martes 17 de junio de 2008

...Y la alegría resultó ser italiana


Resuenan, como impulsadas por una ventisca, unas notas de Charly García, genio lamentablemente devenido en burla; de la alta costura a los remaches.

Aquella frase decía casi a “sottovoce” que la alegría no era sólo brasileña. Si lo mencionaba a propósito de las argentinas cuenta con todo mi respaldo. Son mujeres de talante (sin alusiones políticas) que le meten el pecho a todo, al igual que en el tango. Esa danza es genéticamente argentina y punto.

Perdido en la paráfrasis que tomé de Charly, me fui al fútbol, a ese juego que explica demasiadas cosas de la vida; quiero pensar que si Freud hubiera sido más contemporáneo o quizás italiano o argentino la práctica rebosaría de simbolismos pertinentes al deporte madre de los últimos cien años.

Italia le ganó a Francia desafiando las profecías de Platini (por eso fue futbolista y no pitonisa) y se metió entre los mejores ocho equipos de Europa. La felicidad, no obstante, entra con sangre y ese sino no hace el más mínimo esfuerzo por esquivarlos ni siquiera (sobre todo) ahora que venían con el cetro fresco y el laurel bienoliente.

Italia le ganó a Francia y ahora le toca enfrentarse a España, lo cual implica el camino rocoso, el más empinado. Si no está contra las cuerdas no reacciona. Es una tradición vieja, pegada en los muros del inconsciente itálico. “Sweet Salvation” como una canción de The Cult ¿alguien se acuerda de ellos?... la noche ofrecerá ese consuelo. Cierra, felizmente, este primer capítulo.

Mi vida y sus paralelismos con la azzurra, me sigo repitiendo. Ve a saber si es mi excusa para nombrar el espejo, el reflejo y sus enseñanzas. Cuantas veces me vi ahogado en la orilla y fuerte allí dónde nadie daba nada por mi. Quienes me conocen tendrían a mano algún ejemplo, alguna imagen para corroborarlo.

Apunto desde una New York City satelital; el corazón que conecta y nos arrima a casa: aquella trazada, forjada, berreada. Ando quizás con la sintaxis ligera; sigo visitando el grito unánime de gol, ese que pone los pelos de punta. Es una tonada inmensurable, intransferible al cuerpo de un pentagrama. Ya le mando un email a Lindsay Pfaff, la hija de Jean Marie, a quien conocimos hace unos días mientras cenábamos en mesas contiguas. Me dijo que gritaría por los muchachos de Donadoni.

En el fondo, hoy la alegría resultó ser italiana. Lo que acontezca mañana es un mero juego de naipes y puntillazos de lógicas ataviadas. Quisiera decir más, tocar los detalles... de haber nacido en Delfos...






Foto: 1. © Sam Javanrouh

viernes 13 de junio de 2008

El futuro


Este curioso cartel de la Western Electric anunciaba un injerto tecnológico posible en aquel entonces en las novelas de Asimov, Orwell y H.G.Wells, entre otros; en series como “Perdidos en el espacio” o “Star Trek”. La leyenda reza que “Algún día serás una estrella”, una profecía que los productores de los “realities” llevaron a buen fin. Una vez escuché que la aplicación de las conjugaciones verbales (no en la gramática donde ya se eternizan las lagunas) es intrínsicamente cultural. Algunas tribus indígenas, insistía la misma voz, desconocen la palabra futuro.

Llegará el apocalíptico día en el que todos tengamos uno de esos microlentes emplazados en el rostro, como ese tercer ojo invisible del que tanto hablan los yogis, sólo que esta vez la intervención no será para el goce introspectivo sino para inocular nuestra condición humana. No existirá el misterio, la duda; la curiosidad tendrá que ser dibujada porque no habrá otra manera de entenderla. Sólo quedará huir (para unos pocos), regresar a la sencillez del tener hambre, las ganas de dormir y las actividades mínimas. Recurrir al amor como fuente y a las emociones como escudos, tamices de nuestros sentidos.

Todo este vuelo por una imagen agotada en el tiempo, una fibra anecdótica de las artes publicitarias, que cayó en mis manos en una franja de ocio; pensemos en que podría desencadenar la imaginación si en vez de eso nos tropezáramos (va a todos aquellos que sueñan con “gambas”) con unas hermosas piernas en vivo, en el apogeo del verano...


Foto: 2 © Mike Wood

miércoles 11 de junio de 2008

Sobre héroes y tangos


"La pérdida de la mujer es la condición para que el héroe del tango adquiera esa visión que lo distancia del mundo y le permite filosofar sobre la memoria, el tiempo, el pasado, la pureza olvidada, el sentido de la vida. El hombre herido en el corazón puede, por fin, mirar la realidad tal cual es y percibir sus secretos. Basta pensar en los héroes de Discépolo. El hombre engañado, escéptico, moralista sin fe, ve por fin la verdad. En este sentido 'Cambalache' de Discépolo es 'El Aleph' de los pobres."

Ricardo Piglia - Formas Breves (2000)




Fotos: 1. © Erik / 2. © Inma

jueves 5 de junio de 2008

Roedor de anaqueles


Me doy cuenta que leo a los novelistas norteamericanos con los ojos de un latinoamericano. Modifica poco el hecho de que los lea en inglés. Entiendo cosas que sólo son comprensibles y asimiladas por albergar hacia estos lados, por la repetición de las secuencias observadas. Por eso mi “Top 10” es casi siempre contrario al que publican los folletos literarios; siempre y cuando me adhiera a esa práctica irregular de los “10 mejores”, como si escribir se tratara de una competencia: “este párrafo definitivamente me elevará dos peldaños”...

Con Firmin: Adventures of a Metropolitan Lowlife (2006) me divertí una enormidad y fue para los estándares del mercado editorial un libro menor; “literalmente hablando”. La única edición mide aproximadamente 7x5 pulgadas (19x17cm) y se saltó el debut en tapadura (hardcover) con el que suelen bailar el primer vals de las librerías. Veo en algunos blogs que la traducción en español fue todo un acontecimiento; quien sabe si por sentirnos ratones de biblioteca (me declaro culpable). Buen trabajo de la Seix-Barral por divisar estas agujas en el abultado pajar de la verborrea editorial.

Sam Savage es un personaje extraviado en la humedad de Madison, Wisconsin, ciudad que se erige entre dos lagos. Sus estudios de filosofía los realizó en Yale y los aplicó fielmente a oficios como la carpintería, la pescadería y la reparación de bicicletas. Firmin es su opera prima y ha sido traducida en italiano, alemán y español (y posiblemente en otras lenguas). A Sam Savage (un buen salvaje dentro de todo) lo trajo a Nueva York una librería independiente del barrio de Nolita: la McNally-Robinson.

De Firmin me cautivó el tema de lo decadente, de ese efecto erosivo y cíclico fatídicamente palpable que ofrecen las ciudades; de una estética de lo deshilachado que abarca desde el personaje principal “una rata ilustrada”, la librería, el encargado y la ciudad: Boston circa 1960.

la segunda vez que fui a Boston había un ensayo, maliciosamente olvidado sobre la mesa de noche de la posada en la que pernoctamos, sobre el abandono de la ciudad y el éxodo a las soñadas periferias estadounidenses (pasto al ras, todo en su sitio y vida catatónica). El abandono progresivo de las metrópolis y el apropiamiento de la misma por quienes eran relegados. Boston fue en esa década la boca del lobo; como lo fue Nueva York hasta que asomó sus narices Giuliani y la Disney mandó a mudar a las putas de la calle 42.

Volviendo a lo estrictamente literario, mi mirada se acopla a ciertos gustos particulares que se olvidaron de las tendencias desde hace más de quince años. Todo circula en una especie de anacronismo sistematizado, donde leo lo que me plazca más allá de críticas que aconsejan quemar vivo al autor y a sus editores; donde todo mi sincretismo cultural juega un rol muy importante. Leo como hispanohablante, veo cine como un italiano; salto de Auster a Savage, de Lumet a Bielinsky y siempre Fellini; de Eco a Claudia Piñeiro y de Melania Mazzucco o Alessandro Baricco a César Aira, Tournier, Pablo De Santis, Murakami...

En Firmin la salvación a todo ese espectro marchito, según Savage, pareciera estar en los libros; capaces de redimir hasta una rata y de despertar el incalculable potencial que reside en cada uno de nosotros. Entonces, el texto se transforma en un espejo de un fluir de energías apabullantes. Al autor, esa puerta de la escritura lo está llevando a lugares impensados, mientras Firmin sigue sumando jergas:

“Ma anche il narratore, per quanto elabori accuratamente le sue scalette, non può mai sapere in anticipo con assoluta certezza verso quali approdi lo sospingerà il viaggio della scrittura...” (Paola Capriolo)


Foto: 2. © V.max1978