Para Mónica GutiérrezBop del bueno desde los altoparlantes. Echa el cuaderno a un lado y establece una pausa para besar la taza de café y despojarle un sorbo. Esta consciente de las presiones que implica llevar adelante esos párrafos. No sé si consista en una tesis de crianza o de astros, ese magullarse los dedos y llorarle encima la culpa a otros; sumándole un peso a su imposibilidad que en realidad no existe: ni el peso ni la imposibilidad.
Las voces melódicas de la Holiday y la Fitzgerald se alternan y se religan con la lluvia reparadora que esconde lo mejor de la primavera para otras tardes. Está en una calle con un pasado bien documentado. “The lady is a tramp” emociona a los comensales; nadie exterioriza la euforia, pero la piel no es tan catatónica como algunos piensan. En el último minuto la voz se exalta y se adueña del fraseo ¿Se le aparecerá Dexter Gordon o algún otro como leía en una novela hace poco?

Y es que la lluvia, esta calle con mucho de siglo XIX y primera mitad del XX, la partitura hecha novela y ese ademán suyo de reinterpretar el tiempo, crean una mezcla atómica, volátil. Cualquier cosa podría suceder; cualquier ventana de alguna dimensión paralela revirtiendo su curso y dejando pasar un hilo de luz nueva.
Se impuso escribir lo que estuviera a su alcance. Se quedaría allí sentado hasta el cierre, aunque ya sabe que en poco más de una hora debe enfilar hacia su trabajo. El 2008 le presentó una página distinta en esta ciudad ¿estaremos llegando a las últimas? ¿Estará por agotársele el ciclo neoyorkino? Quizás.
Por eso el detalle, entonces, de entender que no está todo decidido. Solía sucederle en sus viajes que los mejores días, los encuentros cruciales se daban en las últimas 48 horas. Fueron posiblemente pruebas para ver que tan capaz y valiente era para contrarrestar lo impuesto, lo acordado: las fechas impresas.

Recuerda Milano, Malpensa, puerta de embarque. Año 2003. Las veces que se preguntó a voz inaudible si era preciso dar la vuelta y cerrar aquel invento mal logrado de una vida en inglés, un paladar sometido a las frituras anglosajonas y una cultura del miedo hasta con el vecino. No fue así.
En ese viaje resucitó, literalmente. Sanó de una gastritis infecunda prolongada inútilmente por el verticalismo de la medicina regida por pólizas y laboratorios, por los temores infundados de cada ser de bata blanca que, por sólo permitirse el uniforme, creen tener el derecho de conceder tajos psicológicos en la autoestima de quienes acuden a ellos.
Su pie izquierdo tiene vida y oídos propios; se apega al tempo de las notas de Jazz, único hilo musical del lugar. ¿Cuál es el estado de ánimo del Jazz?, parece decir su mirada. A él le va de maravilla en las horas lluviosas, mientras escribe y contempla. ¿Sería esa la música que escuchaban los seres de Hopper? Habría que superar la impermeabilidad del lienzo, que los esteriliza de las miradas, y meterse en esos segundos quiméricos a la Hopper.
Si estuviera parado allí enfrente dibujaría el ventanal, la columna dórica que flanquea la puerta; el interior de roble macizo, la taza consumada, la Pellegrino a medio pedir, el cuaderno abierto como una par de buenas piernas, el codo derecho sobre la mesa que prolonga su mano y le sirve de apoyo a su mentón que mira a través de ese entidad cristalina la cabeza de un caballo de piedra que adorna el edificio de la 129 de Charles Street.
© 2008, Cristian PiazzaFotos: 1. © Cristian Piazza / 2. © Rickz / 3. © Alain Bachellier