domingo 6 de julio de 2008

Literatura y sentidos


La literatura, escribe Piglia citando a Renzi, tiene una “ilusión de falsedad”; una idea de querer ser, de habitar lugares que no consumen megabytes. Me pregunto si las personas que veo pasar son reales. La verdad es que andan y se esfuman como los pensamientos: sin un atisbo de contacto.

¿El mundo de la literatura es menos concreto que el nuestro? ¿es acaso menos asible? Si el terreno que nos sustenta (con todas sus leyes complicadas y sus fórmulas) está compuesto gracias a un listado infinito de percepciones y de las emociones que estas provocan, entonces un libro no es inferior en el poder que confiere a sus lectores.

Todo volumen tiene una contextura finita, transitable con cada uno de los sentidos (no es común lamer o morder un libro pero no imposible), pero además de esa sustancia física, fenomenológica, está lo inmaterial, aquello que reside en nosotros y en el autor que al hacer contacto nos provoca una reacción intangible pero eficaz.

Destaco, entre tantos ejemplos, las emociones que me provocaron la niña mala de Vargas Llosa; el desapego de Dean Moriarty, el arsénico en los intestinos de Emma Bovary. Muchas veces a esos lectores, para quienes no existe antídoto, les es más fácil recordar detalles muy milimétricos de los seres que habitan entre páginas; y lo hacen con lubricada soltura. Saben reconstruir un rostro, ubicar un domicilio, enumerar un defecto más de sus personalidades; mientras que con la misma destreza olvidan los nombres de sus propios vecinos o qué tipo de actividad desempeñan para ganarse la vida. Es hasta lícito, en ellos, enamorarse y elevar el pedido para coincidir con su par en esta instancia paralela en la que se mueven.

Añado algo más. Pienso en el perfil autobiográfico de ciertos autores; pienso en Henry Miller, Vasco Pratolini o Juan José Millás como referentes “a portata di mano”. Esa escritura no dista mucho de otras con personajes que llevan nombre, y a veces apellido, nacidos en una noche solitaria. En definitiva, es una manera de presentarse al mundo (el escribirse a sí mismo) y allí todo es modificable. Se callan cosas, se olvidan otras, se magnifican los lugares con comillas.

Cuando nacemos también venimos incluidos en un guión particular con didascalia y notas al margen que la vida, o quienes nos rodean, nos recuerdan con insistencia, como para que no nos relajemos mucho en la improvisación; para que las formas y los métodos sean siempre los mismos y no exista margen para lo espontáneo, la técnica y lo medido por encima del impulso. Es allí donde entro yo en escena, con la muletilla de antihéroe, a querer revolver el estanque, a sugerir un nuevo final para la historia; llevando a los guionistas al punto de considerar actos extremos, para ellos, porque yo como personaje les gané la vuelta...


Fotos: 1 © Confused Vision /3. © Cayusa / 4. © Erik

5 comentarios:

SDVB dijo...

Mira cómo son las cosas. Paso por aquí y justo me encuentro con el mismo tema que subí a mi blog. Cuánto hay de cierto, cuánto de verdad hay en lo que leemos, ¿deben haber límites?, etc. Saludos y buen café.
(Te gusta Bolaño? ¿Los detectives salvajes, tal vez?)

Cristian dijo...

Hola Sandra,

La fascinación de andar sincronizados. Pasaré por tu blog a leerte.

Beso
PD: Bolaño es imprescindible.

Aquileana dijo...

Interesantísimo y ricos -as usual-los aportes de Piglia...

Te he dejado un premio en “La Audacia de Aquiles”:

Puedes pasar a recogerlo en:

http://aquileana.wordpress.com/2008/07/14/giovanni-papini-gog/

Saludos, Aquileana ;-)

PD: Se esperan tres nominaciones tuyas, para aseguir la cadena…

Cristian dijo...

Aquileana,

Hola y gracias por el detalle. Pasaré a buscarlo pronto.

Abrazo

Aquileana dijo...

Me mató la ubicación topográfica a la derecha del site, Cristian... Específica al punto del susto...

Suerte ;-)

Aquileana!