
¿Qué hace entrever el final? me refiero al final de un texto, aunque a veces esa misma sensación puede olfatearse cuando algunas relaciones abren la página del epílogo. A mi me da por llorar, como lo hacen los personajes de Cortázar. No es un llanto lógico, inducido, como el de algunas mujeres en el cine o el de los niños cuando quieren obtener algo. Esto no es tampoco una confesión de diario íntimo. Me da por llorar, me suelto en lágrimas, no cada vez que me acerco al final de una novela (son ciertamente despedidas, viajes sin retorno) sino cuando algunos pasajes de vida comienzan a bordear la salida.
Mi cuerpo sabe leer entre líneas y comienza a producir un sollozo, inicialmente se parece a una especie de espasmo acompasado, a baja voz, que luego va tomando auge, a medida que intenta buscar los espacios que le permitan exteriorizar esa queja que sólo mi cuerpo entiende. Es una descripción similar a la de un volcán que despierta luego de un prolongado letargo, de una de esas pausas eruptivas que los identifican.
Aprendí a reconocer esos síntomas con el tiempo y con la suma de las pisadas de las mujeres que caminaron el pasillo de mi cotidianidad; el origen del llanto y lo que anunciaba. Algo en mi intuye que esa historia avanza hacia sus últimas líneas, que en algún lugar remoto de su confección, casi ilegible, viene impreso un orden numérico que decodificado implica una frontera. Corren las aguas. Es una liberación. ¿De qué? de un prejuicio, de un concepto fallido que ve las cosas como elementos fijos, atados a la piel: la obstinada pretensión de querer congelar la existencia a un lugar preestablecido, porque nos hace cómodo; porque nos creemos una “película”, con todas las fases de la producción incluidas.
Quiero conocer el número de páginas de un libro; quiero anticiparme pero sin alterar la mecánica de los contenidos. Busco la marca en el borde inferior de la página, donde suelen estar, y evito que mis ojos se paseen por alguna palabra que adelante el clímax, que me cuente el marcador antes de ver el partido. Me pregunto, no tendré mejores cosas que hacer, si el final lo dicta el tono o la certeza de que el libro pesa mucho más del lado izquierdo. Hay novelas que cierran, que reúnen en una reflexión final todas las migas diseminadas en el tablero. Otras le piden al lector que agreguen el propio discurso; hay algunas que niegan la figura del lector y hasta se niegan a sí mismas.
El final. Eso es precisamente lo que pide una novela que estoy leyendo que se llama en inglés “Homecoming” o “El regreso” (die Heimkehr). Una caja de Pandora con muchas novelas, mitos y leyendas dentro de una, concreta y física, cuya autoría le pertenece a Bernhard Schlink.
Fotos: 1. © Landotter / 2. © Simon Pais-Thomas/ 3. © Rafael Mikaelyan
viernes 22 de febrero de 2008
Vergüenzas del desapego...
Etiquetas:
Café literario,
Ficción cotidiana
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6 comentarios:
Definitivamente es un placer leerte, querido amigo.
Creo, revoloteando un poco en torno a tus ideas, que hay libros que duelen. Y precisamente son las palabras contenidas en sus páginas las que demoran nuestro paso.
Se le quiere,
D.
Me quedo reflexionando sobre los llantos logicos y los que no deberian serlo y me quedo tambien en esos finales que al final son muerte quizas.
Un abrazo
Cinzia
Gracias Dakmar.
Felicitaciones por ese otro corazón que alimentas.
Besos
Gracias amigo mío.
Muchos besos
Prometo leerte cuando mi visión se ordene. He entrado aqui y he visto todo dado vueltas, simbolos donde letras, y asi.
Mi oftalmólogo sabrá ayudarme.
Volveré.
PD: Vaya que es bello nuestro idioma y nuestro alfabeto. Reintentalo.
Cristian, a un mes de haber sido algo arrogante contigo, vuelvo para disculparme y mostrarte cómo es que veo tu blog. Esto es un screenshot de mi browser. No me sucede con otros blogs, solo con el tuyo.
Igualmente vos siguiendote por el Google Reader, pero me gustaría que veas de solucionarlo.
A tal asunto me refería en mi comentario anterios. Perdona que demore en aclararte.
Un abrazo. Saludos.
Gustavo Camacho
[Necesaria] http://necesaria.blogspot.com
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