
Vanessa me llama por teléfono un segundo antes de empezar a escribir. Lo llamaría interrupción en cualquier otra circunstancia, pero hoy tengo hambre de que me cuenten otras cosas; desviar un poco la mirada de todo lo que me revuelve la cabeza y me impide inclusive conciliar el sueño.
Las llamadas de Vane, que funcionan como incisos de esta mañana, me permiten espaciar los minutos, hacer que el café se diluya lento y apacible en las paredes de mi estómago. La misma escritura de estas líneas quiere hallarse como un componente extraliterario; con tonos más terapéuticos que estéticos.
El lugar se familiariza con la mañana fría que anuncia nevadas vespertinas. Vane agradece no estar aquí. El frío la tumba, la descoloca. Me cuenta cosas de traductores que nos solía competer a ambos. Todo ese fraseo que escucho me resulta predecible, redundante. Vane sólo pone en palabras lo que el silencio de la oficina humeaba por los aires. De un día para el otro dejé de recibir traducciones sin una advertencia previa. Sólo les había hecho saber que le daría un uso más constructivo a las (mis) mañanas (y la libertad ajena estimula una clase de urticaria no descrita en los manuales), no especifiqué cuál, pero en mi podía evidenciarse una energía de cambio que me llevare a concretar mis deseos de formalizar mi escritura; de darle un espacio considerable para desenvolverse y demostrar su potencial, o colgar los botines y abrir una pulpería.
También era tiempo de buscar un nuevo trabajo; una experiencia laboral que me acercare a esa idea de actividad diaria que quería abrazar. La convocatoria de una agencia publicitaria de renombre mundial a pasar por sus oficinas en Midtown para un “segundo” coloquio me dejó en la expresión una eufórica quietud; la misma que luego se diluyó en gestiones burocráticas y corporativas que nunca logro entender, a pesar de las reiteradas y en apariencia convincentes explicaciones. Todo sigue andando. Mañana podrían llamarme y ofrecerme el trabajo o quizás no.
Gabi me llama y esa voz me alegra cada célula del cuerpo; los pocos cabellos aun asidos reciben una vibración positiva con cada fonema suyo. No creo caer en lugares comunes o formalismos cuando canto todo mi amor hacia ella. Si, está bien, comprendo que mis ojos rebeldes van siguiendo rostros, muslos y mucha curva deleitable que apoya sus talones en la superficie. Esta ciudad tiene un surtido envidiable de nalgas y ojos lindos que es única e irrepetible en cada paseo, cada salida, café o copa de vino. No te cansa nunca, la combinación, en ocasiones fortuita, de vestidos, máscaras y “gadgets” electrónicos con una intención estética definida. Todo eso es material creativo. Gabi es el maná de todos mis anhelos.
***
La noción de barrio confinada a un perímetro geográfico bien detallado y estrecho dejó de emplearse. Cuesta mucho encontrar las mismas caras, una y mil veces, andar con el saludo presto en el cinturón, como un pistolero del lejano oeste. Algo queda, (sobre todo si proclamamos distancias de las metrópolis) pero los tiempos son vertiginosos. El cambio significa progreso; aunque el cambio, así sin adjetivos es lo que nos tiene hoy acá. Asociado a técnicas mercantilistas tiende a convertirse en interrupciones bruscas del proceso lógico de la existencia.
La arquitectura, y hablo de apasionado y no de exégeta, evidencia esas variaciones que se manifiestan en la imperdurabilidad de las estructuras; las nuevas edificaciones se jactan de ser piezas aisladas que emplazan una raya en el mapa de la naturaleza y por consecuencia, alejan al hombre de la misma (o a mi, por lo menos). Las estructuras “vidriosas” quiebran el diálogo con la línea del tiempo. Parecen no buscar un entendimiento con sus vecinos inmediatos, con la historia que los precede.
La gente montada en ellos tiene una visión panorámica del horizonte, pero se abstiene de tocarlo, simplemente porque no puede (¿quiere?). La ilusión del vidrio que tienta el campo visivo, mutila los otros sentidos. Es una visión homologada, me gustaría acertar, a la experiencia dominante de las últimas décadas: la pantalla.
Hubo una época en que cualquier construcción relevante en Nueva York llevaba tatuado en piedra su identidad. El concepto de persistencia se fundía con el de perentorio: la inmortalidad y sus versiones. Hay edificios que alguna vez fueron del correo, de algún diario o de grandes compañías. Esa evidencia kármica sigue tallada y basta levantar la mirada y apuntar bien para leer y olfatear el ritual de esas pieles que liberaron, aun sin pretenderlo, el camino.
A pesar de la naciente y publicitada preocupación por el ambiente, la tendencia es a escindirse de él, como si el lugar que nos aloja fuese otro; cada especie en su burbuja inventada, asilados en las nuevas torres de cristal donde las ventanas no abren.
Fotos: 1. © Marie-II / 2. © Mike Wood/ 3. © ConfusedVision/ 4. © Andie Cross
viernes 15 de febrero de 2008
El filo de cierta página
Etiquetas:
Ficción cotidiana,
Gotham
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7 comentarios:
Te voy a pedir perdon por no terminar de leer el post...me quede' en las lineas para Gaby...
Cristian, no es facil plasmar lo que dices y por eso quiero darte las gracias. Primero sentir y luego hablar de ese amor que viene de adentro y que nos llena a pesar del mundo, es lo mas dificil y lo mejor que un escritor puede regalarle a la gente.
Felicitaciones.
(ahora si me voy a terminar el post, jeje)
Cinzia
"...las nuevas torres de cristal donde las ventanas no abren". Víctimas, es cierto, de nuestro propio escaparate. El espejo inaccesible en el que nos vemos morir poco a poco sin acción.
Un beso.
El último párrafo es en realidad el ULTIMO, pero esa REALIDAD está algo distorsionada, sin querer parecer optimista, aunque también está de moda, yo creo que "el lugar que nos aloja" incluye mucho más allá y mucho más arriba, es por eso que a lo mejor no lo vemos con determinados anteojos.
Un abrazo
También yo me diluí en esas líneas para Gaby y hasta empecé a decir cuán afortunada era por tenerte, pero...Creo que tú lo eres igualmente por poder sentir y sobre todo expresarte como lo haces.
Sí...
Suerte con el trabajo.
OA
Ciao Cinzia,
Estás perdonada. Tuve que señalar con asteriscos esa frontera. Hiciste bien en tomarte una pausa.
Me alegra escuchar que mis ideas están tomando forma.
Bacio
Ana,
El aire interno y reciclado de los edificios. En esta ciudad son tan evidentes y a muchos parece gustarles...Si vieras los ventanales de una de las casas en las que vivió Mark Twain en la calle 10.
Vero,
Todas las realidades están distorsionadas ¿alguien me podría decir qué carajo es la realidad?
Ophir,
Sí, es recíproca la fortuna. Hay que difundirla.
Abrazos y besos
Hace tiempo que no te escucho, desde esa ahora celebre y tan discindida llamada... debe ser por eso que pase por aca para saludarte.
Celebro tus palabras a Gabi y los sentimientos que suponen (por cierto, casi inimaginables por el tiempo en que nos conocimos).
Un fuerte abrazo.
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