
“Nonetheless, a civilization without retail booksellers is unimaginable. Like shrines and other sacred meeting places, bookstores are essential artifacts of human nature. The feel of a book taken from the shelf and held in the hand is a magical experience, linking writer to reader...
Tomorrow’s stores will have to be what the Web cannot be: tangible, intimate, and local; communal shrines, perhaps with coffee bars offering pleasure and wisdom in the company of others who share one’s interests, where the book one wants can always be found and surprises and temptations spring from every shelf.”
Jason Epstein – Book Business: Past, Present and Future (2001)
Cuando se aproxima el cierre de una librería una sombra toma esa calle, algo de ese brillo proveniente de las vitrinas se evapora. No será la primera ni la última.
El fenómeno del cierre de librerías se ha venido incrementando en Manhattan y yo he venido registrando (sin proponérmelo) algunas de las deposiciones de los últimos años: guardo artículos de prensa o me cercioro del cambio al pasar y ver el polvo habitando en las esquinas y festejando en los rincones con absoluta libertad. Una vez imprimí un listado de librerías en Soho y Nolita y cuando las fui a visitar me topé con tiendas Dior y Burberry, cafés o zapaterías. Sólo quedaban dos.
En dos artículos de prensa del New York Times a finales de 2006 venía impresa la resignación de dos libreros de larga data: Jay Pearsall y George Leisbon. Dueños respectivamente de Ivy’s Book y Murder Ink el primero, y Coliseum Books el segundo. “The game couldn’t go on forever” anunciaba el señor Pearsall días antes de lo que fuera el cierre definitivo de ese par de librerías contiguas del Upper West Side. Allí conoció a sus dos esposas e hizo de su hijo Riley un lector.Mi vida está signada por historias de librerías; hubo inclusive amor del bueno en una librería italiana que también cerró. Como sucede con los cafés, los recintos de lecturas son monumentos de nostalgia y de renovación. Un antagonismo que logra fundirse y desanidarse con una flexibilidad aceitada, ajustada a la medida y los conflictos de cada visitante.
En Buenos Aires parece suceder el efecto contrario. No manejo datos estadísticos pero barrios como Palermo, Belgrano y calles como Corrientes, Cabildo y Santa Fe condimentan con la presencia de estos locales la alternativa al electrodoméstico, a la empanada y a las vitrinas de ropa. Sin contar a los quioscos de revistas que son etimología aparte dentro de la nomenclatura porteña.
Cada nación escribe sus episodios respondiendo a pautas muy precisas, muy coyunturales, no obstante el puje global quiera apurar los tiempos de una homogeneización, cada vez más forzada. Para los argentinos, y los porteños lectores, ver libros publicados sin pausas, sumándole a ello expresiones creativas de todo tipo debe significar alejar ciertos fantasmas uniformados; un escudo protector contra los símbolos aporreados de la imposición.La Barnes & Noble de la calle 22 y la 6ta. avenida anuncia en varios carteles, con el verde oliva que los caracteriza, que le queda algo más que un mes de vida: Fecha de vencimiento. El acta del desahuciado. Es un lugar al cual le estoy muy agradecido por muchos minutos especiales que desinteresadamente me ofreció.
El hecho aborda a una de las cadenas más prolíficas y más dilatadas del mundo. La causa puede ser el alquiler del local (aumentos de hasta el 100%) o la entrada en desuso del libro (dirán algunos que, por cierto, no leen). La cosa es que la puntada le llegó a una compañía hecha y derecha. Barnes & Noble comenzó como una pequeña imprenta en 1873 y se hizo librería en 1917 en Nueva York. Fue sólo a partir de la década del setenta que comenzó a expandirse. Hasta el año pasado contaba con una nómina de 51.000 empleados y una ganancia para el año 2006 de 5.3 millardos de dólares.

Es cierto que también cuentan con una página web y mi apego romántico a los anaqueles quiere ver sólo una versión de los hechos. Posiblemente sea para ellos una decisión evitable pero que mide y confronta los márgenes de ganancia. Internet es una vía pero la atmósfera, los olores y la rugosidad de las páginas aun tibias dentro de una librería no tienen sustituto. Combinar ambas es vanguardia, aniquilar unas por otras es soberbia.
Las transiciones conllevan siempre a revisiones, a declives, a alteraciones. Son períodos donde algo nuevo aun sin formarse pone en duda lo establecido. Se estiran los músculos faciales de los pequeños libreros, o quizás no, porque ¿Quién es David sin Goliat? un transeúnte más. Además, toda esa zona (hasta la 34 y séptima) queda huérfana de librerías, por lo cual, no le aligera la competencia a nadie.
Nueva York no es actualmente una ciudad propiamente de lectores, si de compradores de libros, coleccionistas y principalmente de editoriales. Es sin duda una ciudad literaria. Por aquí pasaron Walt Withman, Edgar Alan Poe, Henry James, Mark Twain, Truman Capote, Jack Kerouac y tantos más. En definitiva, es como si la samba se declarara en huelga y Brasil no se diera por aludida.
También existió el “Book Row”, como se le conocía. Un grupo de librerías agolpadas en siete cuadras; una feria cotidiana con bancos y mesas de descuentos y rarezas. Comenzó en 1890 y pagó los embates de las guerras y los maltratos a la economía: “La depresión, seguida de un alza fija del valor de las propiedades en la cuarta avenida y la mengua de clientes fueron sin duda la causa principal”. Es un negocio, eso está claro, donde todas las piezas cuentan. No será esta la última frontera pero...¿Ha llegado el libro a una encrucijada? o es tan sólo un problema de cifras. La pregunta del millón ¿y dónde están los lectores?
¿Por qué no armamos todos la nueva librería? no la ideal, pero sí la que debe reconocer la nueva mentalidad de la calle, antes de que pase a retiro como el lechero o como los caballos ante la creación de la máquina y todo sea cacofonías y tiendas de celulares.
Me gustaría escuchar de todos los que pasen por acá algo sobre el modelo de librería que podría surgir en estos próximos años. Quizás una vuelta al pasado sea la clave, reunir lo usado y lo nuevo, congregar escritores y lectores: verles la cara; invitar a la tecnología e intercambiar recetas, o todo lo anterior amalgamado. Escucho...Fotos: 1. © Marty Coleman / 2. © Rafael Mikaelyan / 3. © Gonzalo Viera Azpiroz / 4. © Simon Pais-Thoma / 6. © Cindi






4 comentarios:
Un texto que conmueve. Quizá porque recuerdo la desaparición en mi ciudad de mi librería preferida, que no era la más grande, pero sí la más íntima, con un librero exquisito. Allí, en los pequeños expositores, estaba lo esencial, lo más maravilloso, seleccionando entre los miles de títulos de cualquier otro establecimiento. A veces incluso me llevaba los libros a casa, y si su lectura no me convencía el librero me dejaba cambiarlos por otros (siempre que estuvieran en perfecto estado). Poco hay que tanto aprecie un buen lector como el espacio. Por eso en aquel lugar había pocos y buenos libros, por eso no importaba devolver un ejemplar que en tu biblioteca personal ocupaba espacio sin merecerlo. Un pequeño paraíso que encontró su manzana venenosa. Por supuesto. Desde entonces compro la mayoría de libros por internet. No es lo mismo, ya lo sé. Pero hay paisajes del corazón que son insustituibles.
Un abrazo.
Yo sigo caminando y sorprendiéndome de lo que encuentro a mi paso.
Beso
Creo que si estuvieras acá sufrirías muchísimo al ver cómo desaparecen las librerías y tras ellas los libreros, como si la pasión se agotara y ciertos corazones no resistieran más el seguir latiendo (¿o serán tan inteligentes y premonitorios que se van antes de que el tiempo los alcance?)
Voy a linkearte este post en mi blog, demasiado interesante tu reflexión.
Y yo, acá, sin respuesta, sin un consuelo, al menos...
Besos
Gracias Dakmar por el enlace. El librero propiamente dicho es una figura no renovable. Sigamos sumando respuestas a ver qué sale.
Besos
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