
El blog de Ana de la Robla es uno de esos lugares que uno siempre espera encontrarse. La palabra fluye y es bien manejada; sus contenidos son densos y la mirada no se resigna ante ningún embate. La cultura y todos sus visitantes se fusionan sin albur y no se sienten jamás aislados en sus diferencias. En pocas palabras: es una lectura placentera y polifacética. Lo único que le envidio (sanamente) es el tiempo que logra negociar para llevar cinco bitácoras con la misma sutileza.
Ana se describe “Historiadora. Filóloga. Escritora. Articulista en medios de prensa españoles y extranjeros. Autora de libros y textos académicos que no pasarán a la posteridad.”
No puedo evitar difundir su más reciente texto que antecedo con un comentario nacido de esa misma lectura:
Leer un diario es como tocar la piel de su escritura, como acostarse con su autor; hay cierta desinhibición ante las páginas de un diario, desprovisto del orden de otros géneros, y la sorpresa de descubrirse humanamente cercanos a cualquier confesión o acierto. En definitiva, todos buscamos esos atajos hacia un puerto con aguas de placidez.
UN DIARIO
Ana de la Robla
En estos días me ovillo en la canción de hilo que devana un animal extraño: se trata de un Diario. El libro ha llegado hasta mis manos como sirena adormecida, varada en cualquier playa, maltrecha por el fluir de las mareas; sirena escriba de epístolas caligrafiadas con amor y sin destino, sirena de cabellos devorados de sargazos y de labios cercados por tonadas mudas que no llegaron a extraviar a navegante alguno. El Diario es baja lira con que tañe la música feroz que acecha en los mástiles vacíos; la música, también, del niño que finge la muerte -como cuenta DeLillo que hicieron en su infancia Thomas Bernhard y Thelonius Monk- atrincherado en un oscuro camarote embestido por el sonar de las olas memoriosas.
Las palabras de un Diario circundan al lector con la presión suntuosa de la liga en una media negra de mujer, su elocuencia demorándose en el muslo poderoso, descendiendo hasta el tacón, la aguja en que la pierna desafiante se entrega, al fin, y se desmaya. Los recuerdos de un Diario se recrean en la carne que palpan, que recorren, y a la vez nos dan la espalda, como el hombre que se aleja para siempre en la cadencia sepia de su abrigo, robando en su maleta el eco de unos pasos, de unos besos de carmín en una blusa agonizante en el confín del vestidor.
Naturaleza muerta, hermosura entomológica de mariposa inmóvil, traspasada, sufriente. Aquella imagen forense de Buñuel. El escritor es el muerto en su escritura, dejó dicho Foucault. Las escamas fechadas, clasificadas y ordenadas del Diario desgranan una piel confusa y dolorosamente demudada, la piel que en su abandono deja a un ser en carne viva alanceada por el sol –ese sol que quema y saja, como abrasa el fulgor secreto de un poema– para nacer en otras alas, otro vuelo: el que ahora se custodia con sagrado temblor entre mis dedos.
Foto: 1. © Marie-II
jueves 31 de enero de 2008
Hablemos de victorias: una bitácora
Etiquetas:
Café literario,
Reblogeando
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1 comentarios:
Por tu sendero he llegado hasta estas aguas. Navego agradecida... No puedo decir más.
Un beso.
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