
Somos cuatro en un palco que ahora alienta a los lectores a perderse entre páginas. Se trata del ala derecha, en la planta baja, pegada al escenario que ahora es café, pero sin abandonar sus recuerdos, su memoria.
Lo fascinante de estar sentado aquí y hablar sobre ello es la propensión a ser invisibles y a comunicarnos fielmente con los entes rectangulares que lo pueblan. Nos reconocemos en cierta videncia. Sabemos de la presencia y no nos causa temor. El “yo “ narrador invisible que me enviste está compuesto de los mismos subterfugios de aquellos que leen a mi lado: fantasmagoría a plena luz del día; claro que ella no entra porque el hermetismo de la sala se lo impide.
De los espíritus reales que hacen “vida” aquí y de aquellos de paso no sé mucho aunque hay un silbido constante pero casi imperceptible que podría jugarse como argumento para el deleite esotérico.
En la mesa central, que enfila sus esquinas hacia nosotros, como para que en nuestra invisibilidad no nos tropecemos, hay una copia de los diálogos de Séneca y debajo de esta algo de Gedisa sobre comunicación. Los posó allí el señor que está a mi lado que lee algo sobre Francia y su democracia. Anda por los cincuenta años. Sostiene el libro con fuerza y no le separa la vista.
Sin pretenderlo, las mujeres ocupan el lado derecho y los hombres el izquierdo (2 y 2); casi un alegato de hemisferios e inteligencias. La más joven; flaca, morocha, de pequeños tatuajes oscuros; uno en el hombro izquierdo, el otro donde vértebras y cervicales se enamoran. Ella lee un tratado socioeconómico sobre el porqué del crecimiento de los países de un tal García Hamilton (un desconocido para mí). Otro fantasma exquisito se zambulle entre los libros de arte y lamento no ser uno de ellos.
Tomé los libros que me quiero llevar. Mucha literatura argentina: Ariel Magnus, Sergio Chejfec, Guillermo Martínez y una voz osada como la de Walter Graziano (que no hace literatura) que te quiere hacer tomar la pastillita azul de “Matrix” y cantártelas directamente. Si no se cuida, aunque sus libros suenen a amarillismo mediático entremezclado con ficción conspirativa, le van a estampar otra pastillita en el medio del “mate”.
Me siento y comienzo a desintegrarme. Cambio de piernas para no cansarlas con el peso de la otra. Nadie me exige nada, ni me apuran con la cuenta o te miran grotescamente para que abandones la silla; hay momentos en los que les conviene a otros que tu presencia sea legible. Aquí no. puedo escribir y leer tranquilo, cambiar cuantas veces quiera: modificar los hábitos a placer.
Sentirnos seres etéreos en un lugar así brinda algo más que lógica. Primero, es una librería y el cuchicheo de las voces que residen en los estantes es infinito porque cada ojeada abre una nueva espiral; un nuevo camino que se dilata hacia lo interminable. Imágenes, palabras, trazos... el intercambio, el choque; nuestras bibliotecas sumadas al festín. Segundo, pensar en todos los que por aquí pasaron y soñaron desde 1919. Pienso que Gardel debe retumbar todavía por el filo renovado de las paredes. Sus notas se asocian al tango que suena de fondo: instrumental, agresivo, algo Piazzoliano que recubre dúctil nuestras identidades.
Yo, particularmente, puedo sentir esa energía silente pero inquieta. Se aloja en los brazos, te hace pesar la vista. Entro bien y esas presencias se manifiestas así, aunque uno luego se acostumbra. Sin embargo, con las figuras de las novelas y cuentos el contacto es menos invasivo.
Como se dice en inglés uno está aquí “safe and sound”; una seguridad similar al regazo de una madre: cálido, protector. El techo circular con ese cielo Rococó extendido, con sus ángeles y sus artemisas en fresco son el reflejo de los colores libres.
Fotos: 1. © Longhorndave / 2. © Aurora / 4. © Liz Kasameyer
sábado 17 de mayo de 2008
El sillón al centro
domingo 11 de mayo de 2008
Estilo libre

“Il fuoco della passione è cenere se manca una disciplina.”
(Franceso Alberoni)
La pasión: el motor de cada gol marcado por Roberto Baggio, de cada delicada recuperación de sus maltrechas rodillas. Aun hoy, si le preguntan, es la primera palabra que toma silueta de sonido y se materializa casi instintivamente. Alberoni dice también que esa pasión-obsesión llevó a Michelangelo y a Galileo al final del recorrido; a sus descubrimientos y al detalle del acabado. De haber contado con un iPhone sus epifanías estéticas y científicas habrían viajado a velocidad de rayo y el físico toscano hubiese podido eludir las rejas impuestas por el papado (un posible exilio a Harvard). Michelangelo habría tenido comisiones en varias capitales europeas y media Manhattan (en aquel momento verde e inhóspita) llevaría su marca inconfundible.
Dejando de lado los anacronismos y mi declarado disgusto hacia la “(des)arquitecturización” de la construcción (la descompensación de criterios) quiero retomar el punto inicial, el de la pasión, que implica tantos dolores de cabeza si adquiere trazo de mujer, hombre (o transexual, diría Ronaldo). Lo de los sincretismos de épocas es una cualidad de las películas animadas de Pixar y Disney o el relajo efectivo de desestimar la historia (gastémonos esa plata en el último software y dejemos al barbudo apolillado en el aula).
Esa intemperancia se da mucho en tantas “supuestas” novelas históricas. La rapidez por publicar, la presión de ciertos contratos, el no querer alejarse del círculo público, consiente esos desatinos de estilo; mezcla de elementos freudianos aplicados al emperador Adriano (rima todo en ano). Porque todo se va al culo cuando un narrador, una voz narrativa que reside en el siglo XV habla como hablaría mi vecina, con palabras que no existían, ni actitudes o muy feministas, muy comunistas, muy psicoanalíticas. Eco siempre ha propuesto la idea de palimpsesto, para desentenderse (él persona) de ciertas liviandades de estilo. Y si alguien sabe cómo hablaban en la Edad Media, cómo se emborrachaban, al punto de reproducir las notas de la náusea, es Eco. (A veces me pregunto si no es un viajero del tiempo).
La pasión y el estímulo son corrientes eléctricas que alimentan el cuerpo, que desanudan el hastío; pero como dice Alberoni en su artículo del lunes, sin meta, sin asidero no hay euforia que valga. Es decir, resultaría más efectiva o lucrativa una depresión organizada que una pasión sin atributos. Y quizás tenga toda la razón. Esa energía sin método se diluye como sal en agua, se erige como un raptus de cafeína para luego soterrarse vertiginosamente.
Yo convine de hacer del viaje la meta. Lo hice luego de que técnica y entusiasmos convivían a destiempo. Mi único hábito fue, hasta hace poco, el de renunciar a todos ellos; mis pasiones intactas, preocupado de que la simbiosis las malgastara, que perdieran esa cualidad de “olio extra vergine” (¿se puede ser “extra virgen”? ¿no es esa una condición redundante?)
Apliqué mal la máxima budista que afirma que la única permanencia es esa virtud pasajera de todas las cosas. Me obstiné en rechazar los hábitos, y en eso mi método fue infalible, pero como advierte Luciano Ligabue en la voz filmada de “Freccia”: “da te stesso non ci scappi...”.Estoy aprendiendo, poco a poco, “one page at a time”.
Decía el otro día Umberto Eco lo importante que era leer con cierta y consecuente lentitud. Le tomó cuarenta años traducir Sylvie de Gérard de Nerval; fueron treinta y ocho para sentirse listo y emprender ese viaje “di dire quasi la stessa cosa”; y sólo allí, en sus jornadas de traductor, comprendió detalles que sus años ininterrumpidos (es un decir) de lectura no pudieron darle. Piglia recordó en la inauguración de la Feria del libro de Bs.As. (qué ganas de estar allá) que se sigue leyendo como en los tiempos de Aristóteles; un elogio de la lentitud, un saborear en vez de engullir. 
Fotos: 1. © ConfusedVision / 3. © Santiglz
lunes 5 de mayo de 2008
Siamo quel che mangiamo... [fon. Siamo cuel que man-yamo]

"Remember, Stuart," he said quietly as he intently spooned up the pudding. "What you put in your stomach comes out of your soul."
Philip K. Dick - Voices from the street (1952)
Foto: © Tambako
viernes 2 de mayo de 2008
Honoris tesis

He estado releyendo mi tesis universitaria, corrigiendo algunos localismos de la época y subsanando ciertos adulterios verbales, propios de la ingenuidad y del deseo de decirlo todo, con el mayor número de palabras posibles. Me vienen a la mente puntadas de recuerdos, sensaciones, todas con aires de efervescencia: se elevan y súbitamente se esfuman y regresan al universo de aire al que pertenecen. Recuerdo la diferencia; esa condición de sentirme ajeno (hasta de mí mismo), contracara de todo, siempre obstinadamente proponiendo el “otro lado del camino”. El placer y la extravagancia de ser un estudiante de Letras en un territorio de analfabetas funcionales.
Umberto Eco me pidió una copia. Mi tesis es sobre él y su tercera novela L’isola del giorno prima (1994) que para ese entonces no había sido leída en español (al menos en Sudamérica). Me apuntaba así, creo recordar, la idea novedosa y quizás dejar al jurado en ropa interior, al no poderse valer del texto en cuestión, salvo que demostraran (como muchos pretendían) ser verdaderos intelectuales, hombres y mujeres de una cultura amplia que se extendía hasta la lengua italiana.
Al señor Umberto Eco le hice saber de la existencia del texto en noviembre del año pasado cuando vino a presentar su libro Storia della bruttezza (2007), una antología de los feos de la historia y de la fascinación que provocan. Inmediatamente me confió su dirección y su interés por tener una copia en sus archivos.
La idea me había entusiasmado, pero pronto, por distintos desvíos del ánimo y el calendario, fui postergando las fechas. Leía cinco o seis páginas cada dos semanas; de haber continuado así corría el riesgo de que la Tesis y Eco nunca concretaran el encuentro. Sin embargo, se me volvió a adelantar. Ya está de vuelta en Nueva York y el domingo espero poder darle la versión revisada y corregida de aquel, mi último esfuerzo académico de los noventa.
Fue divertido releerme a una distancia más que prudencial; era explicar a un “otro” que se prestaba como autor, una presencia vaga y fantasmal y yo, ahora, un lector renovado. Me reconozco aún en muchas de las frases y los enunciados que imprimía con una firmeza similar a la de los internados. Decía cosas como estas:
Todo establece un “continuum” interpretativo; una circularidad de los procesos de cuestionamiento y cuya última instancia será el lector que asume su posición de lector-cómplice, como sugería Cortázar...
Asimismo, refresqué la diferencia entre “fábula y trama” en una cita del propio Eco:
La Fábula es el esquema fundamental de la narración, la lógica de las acciones y la sintaxis de los personajes, el curso de los eventos ordenados temporalmente. (...) La Trama es, en cambio, cómo viene contada, cómo aparece en superficie, con sus dislocaciones temporales...
La literatura como una entidad autosuficiente. Era algo así lo que se vivía en los pasillos del textualismo. Se cuestionaba la figura del autor, se lo hacia desaparecer; el nombre de la tapa era sólo una secuencia de caracteres o un mero recolector de mensajes. El lector tenía su buena porción de palabra y residía entrelíneas. En la novela de Eco hay cartas, hay reescrituras (palimpsestos) y voces narrativas que interpretan como los peldaños lo hacen con el horizonte, hasta llegar a nosotros (los peldaños imprevistos) que disparamos lo inimaginable. La novela misma (o las novelas) queda juguetonamente en entredicho.
Y es como si todas las lecturas fueran una; todas mis más recientes lecturas que me empujan hacia ese mismo lugar, en el cual funjo de amalgama. Soy lector, escritor y también personaje y a la vez una pausa entre todas; el orden es permeable: hablo y me escribo, sudo y me narro, pienso, siento. Vuelvo a Vila-Matas por enésima vez: “El genio personal que hay en todo niño se esconde por el placer del acto mismo de ocultarse, del mismo modo que el autor de una verdadera obra literaria escribe esa obra por el puro placer de escribirla...” Dos párrafos más abajo cita a Foucault: “La huella del autor está sólo en la singularidad de su ausencia”. Ocultarse es hacer que el texto fluya naturalmente.
No hay coincidencias, sólo avatares de una lógica secreta que hila. Estoy por abordar una novela de Philip K. Dick que tuvo que esperar 25 años luego de la muerte de su autor; luego me toca un nuevo ensayo de Manguel y una Ópera prima (publicada) que me ha llegado de Zaragoza, de una escritora muy especial que también sabe activar el “chip” de la invisibilidad. Umberto Eco ha sabido desinhibirse de sus historias; lo logró con maestría en El nombre de la rosa (1980) y en la novela del náufrago. A lo mejor, tocándolo, en el apretón de manos, logre restituirlo a la página o finalmente me entere de una vez por todas, que soy yo el juego de una pertinaz voz narrativa.
“L’autore è ignoto,” mi aspetterei però che avesse detto, “la scrittura è aggraziata, ma come vede è sbiadita, e i fogli sono ormai una sola gora. Quanto al contenuto, per quel poco che ne ho scorso, sono esercizi di maniera. Sa come si scriveva in quel Secolo...Era gente senz’anima”... (Umberto Eco)
Fotos: 1 © Confused Vision /4. © Celeste / 5. © Mike Wood
martes 29 de abril de 2008
La cara de la modestia

“La modestia” (del libro de relatos Exploradores del abismo de Vila-Matas) es un cuento circular, donde no vale la pena ponerse a buscar un comienzo o un final, aunque aparentemente los asome con desenfado. No puede decirse tampoco que abre en la mitad, aunque gracias al movimiento oscilatorio del cuento (de las especulaciones del narrador), esa posibilidad es tan cierta como cualquier otra.
El personaje, un hombre de tradiciones, hábitos y familia que sabe reprimir muy bien su suficiencia, de repente se obsesiona de una idea (¿cuál es el verdadero rostro de la modestia?) y va juntando elementos en todos los escenarios a los que nos invita. La modestia puede ser triste o una culpa: “personas que no tienen una alta opinión de sí mismas, es decir, personas que son modestas.” También puede ser una mujer de finos rasgos pero soterrados en la melancolía, o un grabado de “una hermosa mujer”.
La ruta del autobús 24 es también cíclica, como todas, pero cada recorrido promete renovación. Cada vuelta, cada giro de calles añade nuevos “gestos, frases y personas”. Para el protagonista (que lo toma para ir al trabajo) es el lugar donde el cuerpo se disuelve; el mundo sobre el 24 es una fantasía realizable, una especie de salto a otra dimensión; un trayecto que secciona su realidad en dos, un límite que se abre y se cierra al cruzar la puerta.
¿Cuál es ese punto medio en el que lo modesto no es vergüenza o ignominia y la vanidad sólo un alegato de nuestras arrogancias? pareciera preguntarse. El mundo de esa línea de transporte, con sus reglas y sus apostillas, que sube a diario “por la calle Mayor de Gracia, en Barcelona”, posiblemente contenga la clave de ese enigma tan solicitado.
Foto 1: © Simon Pais-Thomas
lunes 28 de abril de 2008
Sospecha

El cielo tenía un aire de cólera desgastada. Había consumido su última verdad en ese azul cada vez más plomizo. El cielo estaba brumoso. Ethan fijaba la mirada arqueando el cuello sin importarle mucho el dolor que se provocaría ante esa pausa innatural. Posiblemente ha estado así quién sabe desde cuando (el cielo, no su cuello), pero hace apenas unos días alguien había confirmado sus sospechas...
Foto: © Sergio_One
miércoles 23 de abril de 2008
El verbo escribir (II)

Como dice Murakami, escribir una novela es un desafío, mientras que escribir cuentos es una inmensa alegría. A Vila-Matas le pasó algo similar con su último libro Exploradores del abismo aunque se extraviara en las transiciones, provocando (distintivo de su literatura) relatos atípicos: “libro inclasificable, tan alejado de la novela convencional como del típico conjunto -siempre tan sospechoso- de cuentos cerrados y correctos”.
El único verbo que subsiste y se explaya en toda la sintaxis es “escribir”. Accionar el motor de la palabra es siempre placentero. Es lo más cercano a la iluminación, a la idea de universo.
Prevalece una unidad, un hilo conductor entre lo escrito y el oficiante; una corriente energética que unifica y suprime egotismos (mientras va creando otros, de índole diversa). No hay, en esos momentos donde se anota y se ordena, observador ni observado; el autor se pierde en la psicología del personaje hasta el punto de llegar a confundirse con él, y este otro, no menos ingenuo, se independiza, adquiere vida propia y fustiga a su creador si se le llega a ir un poco la mano.
Esa corriente no arrastra el germen de la interrupción o del desconcierto, ni siquiera en las pausas obligadas, que unos y otros toman, para restituir el aire a los pulmones, para pensar ante una esquina qué rumbo tomar.
Fotos: 1 © Mike Wood / 2 © Grant Hutchinson
jueves 17 de abril de 2008
Los libros de otros

Una de mis obsesiones literarias tiene que ver con la "biblioteca", con ese armado que gesta nuestra propia autobiografía. Entre escritos, lecturas y comentarios, en esta y en otras bitácoras, el tema se ha venido dilatando. Hace un par de días terminé “The Library at night” y busco en todas las leyendas que dejaron sus capítulos nuevas referencias y nuevas bibliotecas.
La biblioteca virtual está edificando una nueva posibilidad, la de incorporar en un único espacio (común) millones de volúmenes; un ejercicio ciclópeo, pero a la vez divertido...
***
Las bibliotecas de los muertos - Ezequiel Martínez (en minúscula)
A través del sitio El futuro del libro de José Antonio Millán, me entero de este interesante sitio que recopila la información de los volúmenes que nutrían las bibliotecas de personajes como María Antonieta o Ernest Hemingway.
Explica Millán: LibraryThing, tiene un grupo de voluntarios llamado I See Dead People('s Books) -Veo los (libros de los) muertos- que se dedica a integrar en su sistema las bibliotecas supervivientes de personalidades del pasado. Por ejemplo: la de María Antonieta (con 700 y pico libros, que corresponden a las temáticas expuestas en la nube de etiquetas superior) o la de Hemingway (con 7.000 y pico libros). En la de este último, y a juzgar por la nube de autores inferior (detalle) abundaban los libros de Andersen, Sherwood Anderson, Balzac... y nuestros Baroja y Barea. Hay otras bibliotecas en proceso de creación, como la de Joyce o la de Walter Scott.
Pues bien, el sitio permite también comparar bibliotecas, y de este modo podemos saber qué libros tenían en común la biblioteca de Hemingway y la de Scott Fitzgerald, o la biblioteca que tiene usted en su casa con la de cualquiera de ellos dos.
LibraryThing, que anuncia tener catalogados 25 millones de obras es todo un fenómeno de redes sociales relacionadas con los libros, y acaba de aparecer su sitio en español.
Foto 1: © Moriza
lunes 14 de abril de 2008
(in)visible

Una mujer regordeta intenta embocar un volante que había tomado esquinas atrás. Tiene el paso agitado porque el sol ratifica con detalles su voluntad desgastada; la claridad es nitidez: la imagen es luz. Medio segundo para liberarse del rectángulo acartonado y (des)informativo que no ha cambiado en nada su tarde, ni para bien ni para mal.
El tacho naranja de visera negra, que espera suspendido en el aire a la señora, delira una frase que nadie lee y mucho menos entienden: “juntos por una ciudad limpia”. Nuestra paseante de jeans forzados y de morfología irregular practica (como casi todos) un tipo de daltonismo alfabético pero, no obstante, apunta hacia el boquete; todavía quedan personas que conjugan el “juntos” sin trastabillar, anuncia una voz neutral, comprensiva.
La cartulina y el plástico se tocan. Ella estira su brazo derecho, hace el gesto, pero el papel da marcha atrás, pierde balance y comienza a descender hacia el asfalto visible. Se repite la imagen inicial de Match Point de Woody Allen con la red, la pelota y ese segundo demarcado por la inexistencia. ¿Se manejará mejor con la izquierda? ahora interrumpo yo; y habla mi experiencia.
El ademán queda entorpecido, como una pizza sacada del horno antes de tiempo: la masa cruda, chiclosa.
Queda ese instante incipiente, calado. Le bastaba con volver, atenuar su marcha, agachar sus masas, jeans permitiendo, y repetir la escena hasta dar en el blanco. Volver a introducir la bandeja en el fuego hasta que adquiera ese piso crocante. No. Ella sigue. Se desentiende. En otra esquina no tan lejana, alguien se merienda el semáforo y más allá se tienden trampas que dan rédito; a la luz pública con taza de café y todo incorporada.
Tajos mínimos de la coyuntura ciudadana, (in)visibles. ¿Se acuerdan de Darín en Nueve reinas cuando le describe a Gastón Pauls la calle?
Una pantalla muda, forzada al silencio, que también opina, aunque la opinión sea sólo aire, recalca que en Japón un músico de Jazz comete un “pianicidio” y quema su instrumento en una playa y le saca los sonidos de su agonía. Es un gesto fuerte, ve a saber porqué; los japoneses suelen resolverlo todo con el “harakiri”. Pero la determinación, la entrega y el pulso firme... el gesto terminado.
Fotos: 1. © Mugley /
3. © Longhorndave
jueves 10 de abril de 2008
Identidad de papel

“A library is not only a place of both order and chaos; it is also the realm of chance. Books, even after they have been given a shelf and a number, retain a mobility of their own.”
Alberto Manguel – The Library at Night
“Una biblioteca no es sólo un lugar donde coexisten el orden y el caos; es también el reino de lo posible. Los libros, aún después de haberles asignado un anaquel y un número, conservan una movilidad propia.”
Foto: © Matthijs Rouw
viernes 4 de abril de 2008
Ficciones...

Sigo leyendo a Millás, que mezcla la ficción y los recuerdos con afianzada fluidez. Eso en mercados editoriales más herméticos, como el norteamericano, implicaría un debate con presagios de injuria para el autor, entre otras cosas. Sencillamente porque cada objeto que pise el mercado debe ser delimitado hasta el tuétano: un sólo código de barras, please.
La novela de Millás - El mundo - no esconde en ningún momento el piso autobiográfico que la sustenta. No existen trucos estratégicos de venta (salvo la concesión del Premio Planeta) con los cuales se quiera llevar a los lectores al arrinconamiento de la duda. El mismo autor explica que la génesis del proyecto fue de orden periodístico; una petición reporteril sobre él mismo: le tocaría la complicada y riesgosa tarea de escarbar su propia identidad. Asimismo añadía, como una anécdota del texto concluido, ahora habitante del reino de la novela, y como la más liviana de las justificaciones a quien le debía unas páginas que nunca fueron, que: “acababa de ser arrollado por una novela”.
Leyendo los pasajes de su infancia, condimentada por la más proclive de las fantasías, he vuelto a sentir los lugares de mi niñez; las manchas del pavimento que repasaba a diario en silencio, el olor a horno caliente que me alcanzaba desde la pastelería y el sonido inenarrable de un espacio encapsulado en embalses de sentidos y estímulos que fueron articulando mi niñez y complicando mi adultez. Inagotablemente, mientras Millás narra su fijación con María José, por ejemplo, despuntan caras y situaciones particulares que daba por perdidas hace décadas.
Mentir con la verdad en la mentira que supone el universo de una novela. Son términos extremos (mentira y verdad), de difícil comprobación pero que acabo de utilizar a modo de aforismo para destacar lo que surge de una novela que se cuenta desde lugares pisados y vividos (desde la calle), en una primera persona de cuerpo y voz, con pasaporte y licencia de conducir.
Sin embargo, se ha venido macerando una pretensión por demarcar con nervio ambos límites, pugnando por una especie de cientificidad del discurso creativo: las pruebas fehacientes y los instrumentos de medición. Cada vez más librerías se obligan a categorizar sus estantes con los ademanes de Ficción y No-ficción como si el ensayo como género y contenido fuera un tratado de química orgánica.
Otros medios hacen un uso alevoso de estos grados de significación. Creo que el secuestro y la muerte de Aldo Moro en Roma fue la crónica ficcional más impactante del manejo de información de la cultura occidental contemporánea. Y así tantas otras historias, distorsionadas, edulcoradas, llenas de pinzas y artefactos de utilería. Sí, parten de un referente real. Aldo Moro dejó su piel, su sangre y sus huesos, también Pasolini, pero de allí a lo otro es sólo urdimbre. Esas y otras historias “vaticanas” que piden por el cese de la violencia mientras la incitan por detrás con sus mecanismos oscuros (Me robo pérfidamente la escena de la bula en la película Elizabeth [1998]).
Creo en la ficción total y de ahí quizás se expliquen mis lecturas. Somos, sin excepción, un catálogo interminable de percepciones y sensaciones; cada obra tiene tantos intérpretes como lectores. La proyección del autor es distinta, así como también la predisposición del lector ante un determinado texto: la lectura de una biografía y la de una novela, pero eso no exime a ninguno de caer en los juegos de la invención. La memoria como respaldo de los hechos de nuestras vidas es tan susceptible de error como el armado de edificios con bizcochos.
La memoria es una figura literaria, es la metáfora lista, que configura los espacios. Ella debe funcionar como un código binario: filas sucesivas de unos y ceros, que suman, amplían, extienden. ¿Son acaso las cartas de Leopardi menos prolijas que sus cantos?
La “No-ficción” no es un género (que se jodan Capote y Thomas Wolfe), a pesar de sus listados y sus mejores vendidos; el arte de las memorias depende del tono que quiera darle la voz narrativa, pero siempre hay algo inventado, confuso, revistado; así como en la novela algún secreto de diván nuestro recae en la conciencia de algún personaje, feliz de sacarnos ese peso de encima. En palabras del propio Millás: “ la realidad había adquirido la excelencia que otorgan unas décimas de fiebre a cualquier escenario”...
Fotos: 1. © V.max1978 / 2. © Marta/ 3. © Mike Wood
miércoles 2 de abril de 2008
De libros escritos hace mucho tiempo atrás, dónde conseguirlos y otras curiosidades...

Basta ir al pasado para advertir los mecanismos de la ingeniosidad humana. Más aun, desde el momento que pudieron poner las cosas por escrito, con sus códigos, sus signos, se enriqueció el discurso pero también se instrumentalizó. Hablo de un viaje bien al pasado, no de una generación o dos.
Hablo de libros, de constitución robusta, sobrevivientes de guerras, revoluciones y hogueras. Es divertido también ver cierta ingenuidad en algunas reflexiones que se perfilaban serias en su momento; así como las nuestras, que de perdurar, adquirirán el mismo matiz. Libros que suman la edad de la civilización. Temas que superan toda creatividad alucinógena (Forget about Kipling and his opium).
En una época, el criterio de clasificación (en la Edad Media creo, corríjanme los historiadores) era dado a partir de un principio bastante maniqueísta; en ese entonces, había libros “útiles” y “malignos” que podrían llevar a la destrucción del orden, según los clérigos.
Hace un año escribí sobre la Feria (un emblema neoyorkino) y le pedía a los contados lectores de entonces que recortaran y guardaran la nota. La edición número 48 se inaugura este viernes 4 de abril y será en ese espacio (The Armory) donde se amalgame todo lo impreso, pero todavía más importante es el gesto de tantos que dedicaron sus vidas a escribir, a perdurar. Si los nuevos escritores necesitan referencias, precedentes...
De situ orbis libri tres. –Venezia, 1478 / Trattato teorico-prattico di ballo di Gennaro Magri. – Napoli, 1779 / Dei delitti e delle pene. – Livorno, 1764. / Le Rime, Francesco Petrarca. – Padova, 1819-1820...
La librería Mediolanum (uno de los 159 expositores) me envía sus catálogos con regularidad desde Milano; ciudad del Duomo y de La Última cena de Da Vinci. El puesto que les corresponderá en la feria es el D2 (dedos); habrá muchos, los míos y los otros tantos que recorrerán sin aprensión el tallado de las páginas, y quedar cubiertos de esa telilla incorpórea pero cierta que sugiere lo milenario.
Son tres días para todo el desvarío posible. Sentirse un poco Conan Doyle, Petrarca, un Príncipe toscano, Poe o algunos de sus coetáneos. Cada espacio es fragmento y totalidad, cada libro de esos añejado es un Orbis Universalis. Vena suntuosa que ha colmado en escritura el ansia y la ira de la otra faceta de la humanidad.
Logro dar, gracias a una mirada perdida, con el Discorso all’orecchio di Monsieur Louis Goudar de 1776. Una réplica inmediata de su autor Giacomo Casanova sobre unas traducciones homéricas suyas que el crítico francés desmerecía con mucho de saña personal y poca exégesis. Casanova (pienso en la versión rocambolesca de Fellini) no redactó solo, colaboró con él un tal Antonio Piazza; me pregunto si no se trata de un “tatarancestro” mío...
Fotos: 1. © Celeste
domingo 30 de marzo de 2008
Aplausos y reciprocidad...

Me llega de la mano de Cinzia y su bitácora: Las verdades que se asoman un reconocimiento con mucho de premio. Antes me costaba aseverar los cumplidos, me salía la voz postiza, con un timbre distinto. Gracias Cinzia por la “postal”. Es muy sugestiva la imagen: la máquina de escribir antigua (tengo unas ganas de comprarme una igual) y el torbellino de palabras en desorden.
Me despierto cada mañana con la esperanza de encontrar mi casa inundada de letras y de ser yo el encargado de ordenarlas, de sumarles sentidos. Cada una de las visitas a Café y Lecturas es un estímulo y luego de los aplausos por la iniciativa de Cinzia, prevalece la intención de continuar, de hacer de la escritura (y de la creatividad en todas sus manifestaciones) el alimento de mis días.
Esta es mi camada:
Hablemos de victorias
La petite Claudine
Melancolía anónima
La Mancha
Solfa y arabescos
Hablando de mis pasiones
El interdicto seductor
Calle desconocida
El espejo que huye
En minúscula
Las diosas y las nubes
Parábola anterior
Un sueño realizado
viernes 28 de marzo de 2008
Escrito, no hablado

Mientras más escribo, más se me embrollan las palabras al hablarlas. Es como si una le robara distancia y energía a la otra. El camino empedrado que separa lo apuntado de lo hablado espesa la textura de sus bordes. Si construyo párrafos o ideas mentalmente, respondo con monosílabos o asiento con un gesto o un movimiento de manos; una pausa mímica en un mar de ruido. Todo va a la tinta o a las marcas del lienzo electrónico que son su metáfora menor.
Foto: © Simon Pais-Thomas
lunes 24 de marzo de 2008
Poner la cara

¿Quién cuenta la historia? o ¿desde dónde contarla?. Esa es la principal duda de mis discusiones reflexivas, conmigo mismo; el punto que, una vez liberado o resuelto, hará fluir los capítulos. Le voy a comentar a Mónica a ver qué luces puede traer a este laberinto. Hace tanto que no hablo de literatura con nadie que creo haber forjado una cierta enajenación de ese mundo que quiero pero no confronto. Hablo con las revistas y los diarios culturales con la misma facilidad con que ciertos humanos sustituyen a otros humanos por mascotas; les hablan, regañan, educan, se explayan en un monólogo disfrazado de diálogo.
Si bien, la lectura de un texto conlleva, de entrada, una voz real que está ahí expresándose e impartiendo los detalles de su búsqueda, me tranquiliza la certeza dúctil de que no me pedirá nada a cambio, no habrá necesidad de responderle ni objetarle su línea de estudio. Puedo cerrar la página, apagarla con un giro de manos y disipar el contacto. Sin embargo, necesito (y déjame hacer énfasis en este verbo) ese otro intercambio, con los aromas que desprende la carne viva, con los resuellos aun masticando el recuerdo del prosciutto junto al pan, de la mancha que deja la taza de café en el plato o en el lomo de la mesa.
Me desacostumbré, porque algo de mí consideraba la literatura como algo menos que una isla: una clandestinidad. También porque me fui y en ese afán por romper viejas taras me llevé los cuerpos y las casas sin discriminar, como un tsunami, tan de moda como hace cien años cuando sorbió media Messina para infligirle a Sicilia un nuevo complejo de culpa. Uno más en el bulto que hacen de esa “isola” un catálogo de conquistas y manoseos, de identidades prestadas que ocultan cierta grandeza (más allá de la territorial) que ningún historiador ha sabido propiciarle.
Fotos: 1. © Celeste / 2. © Ferran
martes 18 de marzo de 2008
Bodhisattva (VI)

"Isn't it absurd, then, that we all long for happiness, yet nearly all our actions and feelings lead us directly away from that happiness? Could there be any greater sign that our whole view of what real happiness is, and of how to attain it, is radically flawed?
To realize what I call the wisdom of compassion is to see with complete clarity its benefits, as well as the damage that its opposite has done to us. We need to make a very clear distinction between what is in our ego's self-interest and what is in our ultimate interest; it is from mistaking one for the other that all our suffering comes."
Sogyal Rinpoche - The Tibetan Book of Living and Dying
domingo 16 de marzo de 2008
El café Brasil

Esta es una nota cándida, pero igual queda...
El café Brasil está cruzando el puente. Si uno toma el 7 es la primera parada de una Queens que recibe el vaho de Manhattan; por su cercanía, por la gente que renuncia a la isla porque los alquileres son siderales pero se resisten a abandonar esa sensación, los muros elevados de los edificios (ahora panorámicos), la atrevida mezcla de ficción y realidad del lugar más filmado del planeta; la “Gilda” de concreto y arterias viales enumeradas.
Conviene situarse en la cola del tren para quedar a dos pasos del café, una vez conquistada nuevamente la superficie. De lo contrario, habrá que sumarle dos calles más, que daño no hacen, dirían nuestros sistemas cardiovasculares.
El local busca en uno de sus lados recrear un ambiente decididamente colonial. La relación del café y Brasil data de esa época; el café fue lo que llegará a ser el “Etanol” en algunos años. Los escudos de las plantaciones reposan enmarcados en madera maciza, todo tallado de manera artesanal, incluyendo el trazado de los broqueles. A la izquierda hay un mural de lo que debió ser un típico sembradío. Hay mucho verde y el mismo se apodera de media pared; la obra anónima acude a un llamado de piso a techo. Nadie decora ya con murales así, de una paisajística ingenua y carente del más mínimo rasgo de perspectiva pictórica que apreciamos en Botticelli o el Perugino.
La excepción de la regla. Algunos antecedentes de este arte menor suelen encontrarse en algunas areperas del Guapo, en las carreteras “cuasi” centenarias que unen a Caracas con las costas del Oriente. Creo haberlos visto también en algún paraje de Río Cuarto, en la vía hacia Córdoba. Lugares que se resisten al cambio donde todavía venden casetes de Palito Ortega o de un patilludo Raphael.
Una vez desplegada esa función didáctica y también haber creado una línea de continuidad que argumente su presencia ante el amasijo de culturas de ese “cantón” neoyorkino; luego de registrar el guarismo que los sitúa como un continuum espacio-temporal, el resto del local muestra su lado contemporáneo, con sus máquinas y sus vitrinas, con las marcas enaltecidas por el neón. (podría ser interesante la idea de desarrollar cafeterías temáticas).
Las mesas juntan cientos de granos de café, todos con “la ñata contra el vidrio”, en universos desplegados, en mínimos campos de concentración, donde observan la vida de sus iguales pulverizados y diluidos en el calor del agua. Para ellos, los granos de vitrina, el tiempo perdió su función. El pasado abierto de los cafetales y la aspiración de abrazar el gusto de un catador cotidiano o sibarita, en alguna barra romana, vienesa, o tal vez en una confitería de la calle Rivadavia, sólo prolongaban el hastío; una cierta inflexión ruin que empezaba a asomar en la capa resbaladiza y fría, de esos granos que se cansaron de esperar.
Fotos: 1. © Etringita / 2. © Patrick Deschere / 3. © Stina Baruh
domingo 9 de marzo de 2008
Frase fundacional

"No olvidaré nunca el momento en el que se volvió hacia mí, que le observaba un poco asustado, para pronunciar aquella frase fundacional:
-Fíjate, Juanjo, cauteriza la herida en el momento mismo de producirla.
Cuando escribo a mano, sobre un cuaderno, como ahora, creo que me parezco un poco a mi padre en el acto de probar el bisturí eléctrico, pues la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas."
Juan José Millás - El mundo
jueves 6 de marzo de 2008
Una voz particular: la novela de Jami Attenberg

Jami Attenberg acaba de publicar su primera novela. Para muchos podría pasar desapercibida. Tropecé con el texto en una librería de Los Angeles y no lo compré. Semanas después supe que estaría presentándose en un evento local, a pocas cuadras de casa, y fui. En resumen, pude concluir “extraliterariamente” que tiene una oratoria que trabajar: mucha charla informal, un pasado en publicidad y coloquialismos mediáticos que no intento calificar de despectivos, aunque admito el prejuicio. Leyó y agradeció la presencia de sus amigos; toda principiante (ella parece una pero no lo es) parece necesitar de ellos en esas instancias de la carrera. Sin embargo, terminé otorgándole el beneficio de la duda porque los nervios se comen hasta el mismísimo Gabriel García Márquez.
Jami es desinhibida, carece de todo academicismo; su rollo es escribir. Y esto, en principio, lo hace bastante bien. Le preguntaron a dónde quiere llegar con cada historia y su respuesta fue que no quiere llegar pero sí deshacerse de algo. Podríamos decir entonces que escribir es su catarsis, su laxante natural. La han entrevistado en muchos blogs y sus respuestas son directas, espontáneas y el diálogo se sitúa presto en la calidez, falta la cerveza o la copa de vino. Ella misma tiene su blog. Cree en ellos como canal de contacto entre editoriales y escritores.
Su personaje, Jarvis, tiene la vida colgada de alfileres desde hace 6 años; los mismos que su esposo ha vegetado en un hospital luego de sufrir una aneurisma y una caída en su entonces taller (en ese orden). La novela abre impecablemente. Habría que preguntarle cuántas veces ensayo esa primera frase: “I have been waiting for my husband to die for six years”. Quien se libere del contexto o simplemente se salte la descripción de solapa, inquiere sobre los motivos que incitan a la protagonista a buscar ese desenlace. Walter Mosley diría más o menos así: “Lo que importa es engolosinar a los lectores con los apuros de la protagonista (en este caso, una crisis) [...] No existe novela a menos que el protagonista viva una transición...”
Lo que encuentra afuera, en el barrio de Williamsburg, Brooklyn, tampoco la satisface. Son dos las realidades que tiene que presenciar; ella transita suspendida en ambas: ausente. Esos escenarios son valores opuestos de un mismo observador, no se reconocen entre ellos porque no existe un punto de enlace. Jarvis, que es enclave, pero también la única que puede rebajar las distancias y los velos entre esos dos mundos geográficamente cercanos irá tomando acciones a medida que se descubre traicionada por su entorno (sobretodo Alice, la dueña de la galería) y por su mismo esposo: “My bones, my spine, my veins, my muscles, my blood, my cells collapse within my skin. There is a small pause, and then I am suddenly fucking freezing...” (p.122)
Sus capítulos están bien alineados; el desorden hecho libro igual promueve esa apariencia simétrica. Existe una estructura narrativa de ritmo estable; concediendo pausas a la acción que consiste en ir de un lugar a otro (casa-hospital-lavandería) y hablar con sus tres nuevos amigos: “the kept men”. La novela tiene tres partes. El final de cada una de ellas representa un pico trascendente, un nuevo giro, al estilo telenovela carioca o Los Sopranos, para que nos entendamos todos.
Jarvis documenta en su narración sus propias perplejidades y las de sus nuevos acólitos: El músico devenido escritor, sólo por compromiso, y el amigo de su esposo, Davis, que la aprieta mucho cuando la abraza; las camas compartidas, algún exceso. En una entrevista realizada por Edward Champion Jami conviene:
“[...] Jarvis wanting to be taken care of. Or these men wanting to be taken care of. That there are these people in the world who look to other people to sponsor them or meet their needs. But they provide something in return. I think I missed the point that I wanted to make, which was that, after I had all these ideas about these characters and plot points, I came across the idea of being kept or held back. Once I realized that that was going to be the title of the book and that was a major theme, then it was really to go back to move forward and make sure that every character has something that’s holding them back or keeping them into their life.”
Leyendo me acordé mucho del título de una canción de Dexter Gordon: Everybody’s somebody’s fool. Juéguese a placer con el orden de los factores.
Ella le confesó a un curioso de la sala que su estrella vegetal personificaba a un ex-novio que en la vida real habría querido matar. He aquí su purgante, su quitarse de encima historias y relaciones oxidadas; restos que se aprehenden de los más ínfimos detalles y huelen a perfume barato.
Jami nos quiso decir que el género masculino (¿la novela es un género hombre o mujer?) está en crisis; con ella, con sus tareas y sus voluntades. Una cierta incompatibilidad que la obliga a narrarlos en clave de sorpresa; quizás en el desconcierto de sus acciones puedan llegar a una tregua. Mientras tanto, limpia.
Fotos: 2. © Mike Wood / 3. © Cyril Saulnier / 4. © Cristian Piazza
lunes 3 de marzo de 2008
Despertar sobre cristales

Bolaño desata estas palabras,
le crispa los primeros perfumes a la mañana.
Estoy lejos de casa, la imagen de esas manos entrelazadas
cerca; el rojo turbio que baila alrededor de tus dedos.
Me equivoco en el azar de tus respuestas: piel blanca.
La cafeína y sus ritos haciendo de las suyas.
Lejos de casa y a la vez tan pero tan cerca.
© 2008, Cristian Piazza
Foto: © Mike Wood
miércoles 27 de febrero de 2008
El coloquio de lo tangible
“Nonetheless, a civilization without retail booksellers is unimaginable. Like shrines and other sacred meeting places, bookstores are essential artifacts of human nature. The feel of a book taken from the shelf and held in the hand is a magical experience, linking writer to reader...
Tomorrow’s stores will have to be what the Web cannot be: tangible, intimate, and local; communal shrines, perhaps with coffee bars offering pleasure and wisdom in the company of others who share one’s interests, where the book one wants can always be found and surprises and temptations spring from every shelf.”
Jason Epstein – Book Business: Past, Present and Future (2001)
Cuando se aproxima el cierre de una librería una sombra toma esa calle, algo de ese brillo proveniente de las vitrinas se evapora. No será la primera ni la última.
El fenómeno del cierre de librerías se ha venido incrementando en Manhattan y yo he venido registrando (sin proponérmelo) algunas de las deposiciones de los últimos años: guardo artículos de prensa o me cercioro del cambio al pasar y ver el polvo habitando en las esquinas y festejando en los rincones con absoluta libertad. Una vez imprimí un listado de librerías en Soho y Nolita y cuando las fui a visitar me topé con tiendas Dior y Burberry, cafés o zapaterías. Sólo quedaban dos.
En dos artículos de prensa del New York Times a finales de 2006 venía impresa la resignación de dos libreros de larga data: Jay Pearsall y George Leisbon. Dueños respectivamente de Ivy’s Book y Murder Ink el primero, y Coliseum Books el segundo. “The game couldn’t go on forever” anunciaba el señor Pearsall días antes de lo que fuera el cierre definitivo de ese par de librerías contiguas del Upper West Side. Allí conoció a sus dos esposas e hizo de su hijo Riley un lector.Mi vida está signada por historias de librerías; hubo inclusive amor del bueno en una librería italiana que también cerró. Como sucede con los cafés, los recintos de lecturas son monumentos de nostalgia y de renovación. Un antagonismo que logra fundirse y desanidarse con una flexibilidad aceitada, ajustada a la medida y los conflictos de cada visitante.
En Buenos Aires parece suceder el efecto contrario. No manejo datos estadísticos pero barrios como Palermo, Belgrano y calles como Corrientes, Cabildo y Santa Fe condimentan con la presencia de estos locales la alternativa al electrodoméstico, a la empanada y a las vitrinas de ropa. Sin contar a los quioscos de revistas que son etimología aparte dentro de la nomenclatura porteña.
Cada nación escribe sus episodios respondiendo a pautas muy precisas, muy coyunturales, no obstante el puje global quiera apurar los tiempos de una homogeneización, cada vez más forzada. Para los argentinos, y los porteños lectores, ver libros publicados sin pausas, sumándole a ello expresiones creativas de todo tipo debe significar alejar ciertos fantasmas uniformados; un escudo protector contra los símbolos aporreados de la imposición.La Barnes & Noble de la calle 22 y la 6ta. avenida anuncia en varios carteles, con el verde oliva que los caracteriza, que le queda algo más que un mes de vida: Fecha de vencimiento. El acta del desahuciado. Es un lugar al cual le estoy muy agradecido por muchos minutos especiales que desinteresadamente me ofreció.
El hecho aborda a una de las cadenas más prolíficas y más dilatadas del mundo. La causa puede ser el alquiler del local (aumentos de hasta el 100%) o la entrada en desuso del libro (dirán algunos que, por cierto, no leen). La cosa es que la puntada le llegó a una compañía hecha y derecha. Barnes & Noble comenzó como una pequeña imprenta en 1873 y se hizo librería en 1917 en Nueva York. Fue sólo a partir de la década del setenta que comenzó a expandirse. Hasta el año pasado contaba con una nómina de 51.000 empleados y una ganancia para el año 2006 de 5.3 millardos de dólares.

Es cierto que también cuentan con una página web y mi apego romántico a los anaqueles quiere ver sólo una versión de los hechos
